lunes, 18 de agosto de 2025

Cuando Todo lo Demás Falla: El Papel Crucial de la Radioafición en Comunicaciones de Emergencia


 

Por Dr. C Raúl González Peña (CO6XDX)

Iconografía y edición: Ing Arnaldo Lorenzo Pardo (CM6YX)

(Resumen de la rueda transmitida el sábado 16 de agosto de 2025)

 

Vivimos en una era de conectividad aparentemente infalible. Con un teléfono inteligente en el bolsillo, tenemos acceso instantáneo a redes globales de comunicación, mapas, noticias y contacto con nuestros seres queridos. Pero, ¿qué sucede cuando la tierra tiembla, cuando el viento aúlla con una furia devastadora o cuando una inundación masiva corta la energía y silencia la infraestructura de la que tanto dependemos? En ese silencio ensordecedor, cuando las redes 4G y 5G desaparecen y el wifi se convierte en un recuerdo inútil, emerge una tecnología centenaria, operada no por corporaciones, sino por voluntarios: la radioafición, la última y más fiable línea de defensa en las comunicaciones de emergencia.

Pero, ¿cuál es el secreto técnico que otorga a la radioafición esta increíble resiliencia?

La respuesta es simple pero profunda: la clave fundamental está en su independencia exclusiva. Resulta, y es sabido por todos, que las redes de telefonía móvil e internet son sistemas complejos y frágiles que dependen de una cadena ininterrumpida de componentes: torres de telefonía, centros de datos, cables de fibra óptica y, sobre todo, un suministro constante de energía de la red eléctrica comercial. Si un solo eslabón de esa cadena se rompe, todo el sistema puede colapsar. La radioafición, por el contrario, opera de punto a punto. Lo único que se necesita para establecer un enlace de comunicación es un transceptor, una antena y una fuente de alimentación. Esta fuente puede ser una simple batería de automóvil, un pequeño panel solar o un generador portátil, liberando al comunicador de cualquier dependencia de una infraestructura vulnerable y permitiéndole operar desde el corazón mismo de una zona de desastre.

Sin embargo, la capacidad técnica por sí sola sería inútil sin organización, entrenamiento y un protocolo claro. ¿Cómo se canaliza esta legión de voluntarios para que actúen de manera eficaz y coordinada cuando suena la alarma? Aquí es donde entran en juego organizaciones especializadas, que forman la columna vertebral de la respuesta de los radioaficionados. En España, la Red Radio de Emergencia (REMER) agrupa a radioaficionados que colaboran voluntariamente con la Dirección General de Protección Civil y Emergencias. En Estados Unidos, el ARES (Amateur Radio Emergency Service) cumple una función similar, trabajando codo con codo con agencias como FEMA o la Cruz Roja. Mientras que en Cuba la Red Nacional de Emergencia es un grupo de trabajo de la FRC organizado y dispuesto que tiene un vínculo estrecho con la Defensa Civil Nacional y que goza con un amplio reconocimiento social. Estas organizaciones no solo crean un censo de operadores disponibles, sino que también proporcionan formación continua, realizan simulacros periódicos y establecen redes y procedimientos estandarizados para el tráfico de mensajes, asegurando que la información crítica (como listas de heridos, solicitud de recursos o informes de situación) fluya de manera ordenada y fiable.

La historia, a menudo trágica, está repleta de ejemplos que demuestran el valor irremplazable de este servicio. ¿Son meras anécdotas o pruebas irrefutables de su eficacia? Cuando el terremoto de 1985 devastó Ciudad de México, derribando la infraestructura de telecomunicaciones de la capital, los radioaficionados mexicanos y de todo el mundo establecieron los únicos puentes de comunicación fiables para coordinar la ayuda internacional y transmitir mensajes de salud y bienestar. Décadas más tarde, cuando el huracán Katrina silenció la costa del Golfo de Estados Unidos en 2005, los radioaficionados se convirtieron en los ojos y oídos de los equipos de rescate, coordinando evacuaciones y gestionando la logística de los refugios. Más recientemente, en terremotos como el de Haití en 2010 o el tsunami de Japón en 2011, la historia se repitió: cuando la tecnología moderna falló, las ondas de radio, guiadas por manos expertas y voluntarias, fueron el único hilo de esperanza.

En Cuba son muchos los ejemplos que revelan la importante misión de los radioaficionados ante situaciones excepcionales. Solo quiero mencionar en este segundo el rol determinante que los radioaficionados de Caibarién jugaron antes, durante y después del paso del gigantesco Huracán Irma en septiembre de 2017. Las redes eléctricas y de telefonía quedaron devastadas y únicamente fue posible establecer enlaces de comunicación por la vía de los radioaficionados, permitiendo la salvaguarda de la población y facilitando las acciones de dirección de la Defensa Civil.

Frente a esta abrumadora responsabilidad, ¿qué necesita realmente un radioaficionado para pasar de ser un simple operador a un comunicador de emergencia eficaz?

Contrariamente a lo que se podría pensar, no se requiere un shack multimillonario. El equipo esencial es, de hecho, notablemente modesto: un "handy" o walkie-talkie bibanda robusto es el primer escalón, ideal para comunicaciones locales y de corto alcance. Una radio móvil/base de mayor potencia (25 a 50 vatios) instalada en un vehículo o en una configuración portátil proporciona el alcance necesario para enlazar con centros de operaciones más distantes. Sin embargo, más importante que el equipo es el operador. La habilidad fundamental no es la charla casual, sino la capacidad de transmitir información de manera clara, concisa y precisa, siguiendo estrictamente los protocolos de la red de emergencia. La calma bajo presión, la escucha activa y la disciplina para mantener la frecuencia despejada para el tráfico prioritario son las verdaderas herramientas que salvan vidas.

En última instancia, el servicio de emergencias es la justificación social más poderosa para la existencia y protección del espectro asignado a la radioafición en el siglo XXI. No es un hobby, sino un servicio; no es un juego, sino un compromiso. Representa un contrato social único: a cambio del privilegio de usar las ondas para la experimentación y el disfrute personal, una comunidad global de técnicos y comunicadores se compromete a poner sus habilidades, su equipo y su tiempo al servicio de la sociedad en sus momentos más oscuros. Es un tejido invisible de resiliencia humana, listo para activarse cuando todo lo demás falla.

 

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