Por: Dr. C Raúl González Peña (CO6XDX)
Iconografía y edición: Ing. Arnaldo Lorenzo Pardo (CM6YX)
(Resumen de la transmisión realizada por el repetidor 145 390 Mhz el sábado 23 de agosto de 2025)
Desde los albores de la radio, el ser humano ha soñado con empujar los límites de la comunicación, alcanzando rincones cada vez más lejanos del planeta. Pero, ¿y si el siguiente horizonte no estuviera al otro lado de un océano, sino directamente sobre nuestras cabezas, en el frío y silencioso vacío del espacio? Lo que suena a ciencia ficción, a una fantasía reservada para agencias espaciales con presupuestos millonarios, es en realidad una de las facetas más espectaculares y accesibles de la radioafición moderna. Es la prueba definitiva de que los únicos límites de nuestra afición son los de nuestra propia imaginación, permitiéndonos, con un equipo modesto, establecer contacto a través de satélites e incluso intercambiar saludos con los astronautas a bordo de la Estación Espacial Internacional (ISS).
¿Pero quién pone estos repetidores en órbita y por qué? La respuesta se encuentra en el extraordinario trabajo de la comunidad global de AMSAT (Radio Amateur Satellite Corporation). Desde la década de 1960, esta organización, formada íntegramente por voluntarios, ha diseñado, construido y financiado el lanzamiento de docenas de satélites dedicados exclusivamente al servicio de radioaficionados. Conocidos como "OSCAR" (Orbiting Satellite Carrying Amateur Radio), estos dispositivos no son más que repetidores de radio en órbita. Funcionan bajo un principio sencillo: reciben una señal en una frecuencia (el "uplink") y la retransmiten instantáneamente en otra frecuencia (el "downlink"), creando un puente de comunicación sobre vastas áreas geográficas. Hay satélites para todos los gustos: algunos en órbita baja (LEO) que pasan rápidamente sobre nosotros, y otros en órbitas más elípticas que ofrecen ventanas de comunicación mucho más largas, todos ellos un testamento del espíritu colaborativo y la destreza técnica de nuestra comunidad.
Ante tal hazaña de ingeniería espacial, ¿se necesita entonces un observatorio con antenas parabólicas gigantes para participar en esta aventura cósmica? La respuesta es asombrosamente sencilla: no. La belleza de la comunicación por satélites LEO, incluyendo los pases de la ISS, es que se puede lograr con un equipo sorprendentemente simple y portátil. El equipo básico consiste en un transceptor "handy" (walkie-talkie) que sea capaz de operar en modo "full duplex", es decir, que pueda transmitir en una banda (por ejemplo, VHF) mientras recibe simultáneamente en otra (UHF). El componente clave es la antena: una pequeña antena direccional de mano, como una "Yagi" de 3 o 5 elementos. Esta antena actúa como una linterna de ondas de radio, permitiéndote enfocar tu señal hacia el satélite con precisión y, a la vez, captar su débil señal de respuesta. Es una operación manual y activa, donde el operador debe apuntar físicamente la antena al cielo, siguiendo la trayectoria del satélite, mientras ajusta la frecuencia para compensar el "efecto Doppler", el mismo fenómeno que hace que la sirena de una ambulancia cambie de tono al pasar junto a nosotros.
Ahora bien, un satélite es un objetivo invisible que se mueve a una velocidad vertiginosa. ¿Cómo podemos saber exactamente cuándo y por dónde aparecerá en el cielo? Aquí es donde la astronomía amateur y la informática moderna se convierten en nuestros mejores aliados. Gracias a la mecánica orbital, la trayectoria de cada satélite es perfectamente predecible. Existen multitud de herramientas, desde páginas web como Heavens-Above hasta aplicaciones para teléfonos inteligentes como AMSATdroid o ISS Detector, que nos proporcionan toda la información necesaria para un pase exitoso. Con solo introducir nuestra ubicación, el software nos mostrará una lista de los próximos pases visibles, indicando la hora exacta de inicio, la elevación máxima que alcanzará en el cielo y la trayectoria que dibujará de un horizonte a otro. Esta predicción convierte lo que parece un acto de azar en una operación planificada con precisión militar.
Finalmente, tras la planificación y la preparación técnica, llega el momento de la verdad, el instante de la magia. ¿Y qué se siente en ese momento fugaz en que todo funciona? Estás de pie, en un lugar abierto, apuntando tu antena a un punto invisible en el firmamento. Sintonizas la frecuencia de downlink y, de repente, a través del ruido estático, escuchas una voz clara, la de otro radioaficionado a cientos de kilómetros de distancia. Rápidamente transmites tu indicativo en la frecuencia de uplink y esperas. Unos segundos después, escuchas tu propia voz retransmitida desde el espacio, seguida de una respuesta.
En ese instante, has completado un QSO a través de un repetidor que viaja a más de 28.000 kilómetros por hora, a cientos de kilómetros sobre la superficie de la Tierra. La emoción es indescriptible; es una mezcla de asombro tecnológico, la satisfacción de un gran logro y una profunda sensación de conexión, no solo con otro operador, sino con la inmensidad del cosmos. Es la radioafición en su máxima expresión, demostrando que con un poco de conocimiento, algo de equipo y una gran dosis de curiosidad, ni siquiera el cielo es el límite.
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